Hasta hace unos días, poco y nada se hablaba del Mundial 2026 que comenzará a partir del jueves en Estados Unidos, México y Canadá. El silencio alrededor de la cita planetaria era casi una rareza, una tendencia que, según pudo observarse, no era exclusiva de la Argentina. Los diarios de todo el mundo marcaban el mismo síntoma en sus países: una preocupante indiferencia hacia el evento que solía paralizar al planeta. Sin embargo, algo cambió en las últimas horas. La ansiedad creció, la fiebre se desató y el famoso “clima mundialista” volvió a instalarse en cada rincón. Los colores celeste y blanco ya tiñen las calles, las preguntas se multiplican: ¿cuánto cuesta la camiseta de la Selección? ¿cuándo debuta la “Scaloneta”? ¿cómo nos vamos a organizar para ver los partidos de la primera fase? ¿qué jugador está lesionado? ¿qué selecciones son las candidatas? ¿respetamos las cábalas de aquel Qatar 2022 que nos dio la gloria? La gente, definitivamente, empezó a hablar de la Copa del Mundo.

Este fenómeno que ocurre cada cuatro años tiene la virtud de atravesarnos a todos sin distinción. Quizás sea el único evento capaz de reunir a todas las clases sociales con un mismo propósito, la única excusa para que un país entero se detenga al unísono y mire hacia el mismo lado. Esa pasión desmedida, irracional y maravillosa que despierta el Mundial ha sido analizada una y otra vez por sociólogos, psicólogos e historiadores. Todos coinciden en algo: ningún otro espectáculo genera semejante nivel de identificación colectiva. Por unas horas, las grietas se disimulan, las diferencias se acortan y el vecino, aquel con quien no cruzamos palabra en todo el año, se convierte en un cómplice para celebrar un gol.

Cada cuatro años los adultos vuelven a sentirse niños abriendo una y otra vez los paquetes de figuritas, con esa ansiedad de completar otro álbum que irá a parar al baúl de los recuerdos. Todo ese ritual de intercambios en plazas y lugares de trabajo, de miradas cómplices cuando alguien repite una figurita difícil, de la frustración de encontrar siempre al mismo jugador de turno y la euforia de pegarla finalmente en el casillero que faltaba.

El Mundial tiene ese poder: nos devuelve a una versión más pura de nosotros mismos, a esa capacidad de ilusionarnos sin reservas, de celebrar pequeñas victorias como si fueran grandes hazañas. Y en un mundo cada vez más individualista, la Copa del Mundo aparece como un raro oasis de comunión, un espacio donde lo colectivo vuelve a tener sentido y donde podemos, aunque sea por unas semanas, creer que todo es posible.

Así que bienvenida sea esta locura. Bienvenida la “albiceleste” que vuelve a pintar paredes, los gritos que se anticipan, los nervios que no nos dejan dormir. Porque si algo nos enseñó la historia es que, en este país, el Mundial no es solo un torneo. Es un ritual. Y como todo ritual, nos prepara para creer. Al menos, por un momento.